14 cortas Historias que demuestran que la época de la escuela es la más divertida de la vida


Si eres uno de los que ya pasó por esta etapa, serás testigo de que todos recordamos las travesuras que hacíamos con nuestros amigos en clase, cómo molestábamos al profesor u otro tipo de momentos vividos cada día en un mismo lugar.

Es que si de contar historias de la escuela se trata, todos tenemos una o varias para contar. En el siguiente artículo te mostraremos una de las mejores historias de momentos vividos en la escuela, que muestran que esta época es la más divertida de la vida.

#1.

Hace poco ordenaba las cosas viejas que quedaron de la escuela. Encontré un viejo labial higiénico con olor a manzana verde. Lo abrí, lo olí... Este olor me recordó muy claramente mi último grado (hace 7 años) y todo lo que sucedía en aquella época.

¡Mi primer amor, la primavera! Lloré durante una hora por estos recuerdos... Lo puse de nuevo en su lugar. ¡No lo tiraré por nada del mundo!

#2.

Después de las clases, mis amigos constantemente se quedaban en mi casa. Nos encantaba jugar a la gallina ciega y por un milagro no arruinamos el departamento. Pero un día no tuvimos suerte y la cornisa fue arrancada con todo de la pared.

Por alguna razón, estábamos terriblemente asustados por las posibles sanciones de mis padres, así que lo arreglamos como pudimos: la pusimos en su lugar usando unos clavos enormes. Un par de meses después se reveló lo que habíamos hecho y quedó así durante un año más, hasta que mi padre se cansó de contar a los que nos venían a visitar sobre su hija, la artesana.

#3.
Durante mi vida me regalaron muchas cosas por mi cumpleaños: ropa buena, gadgets costosos, flores, juguetes, objetos de diseño. Pero el mejor regalo de mi vida fue hecho por mis amigas en la escuela primaria. Simplemente dibujaron un pequeño cómic sobre nosotras tres.

Lo hicieron con mucho trabajo y amor. ¿Qué puede ser más genial que ser la protagonista de cómics dibujados a mano? Desde entonces han pasado muchos años, pero este regalo no ha sido superado. Seguimos siendo amigas.

#4.

Muchos probablemente saben que la temperatura corporal normal en los gatos es de aproximadamente 38-39 grados. Cuando todavía iba al colegio, a veces lo usaba para poder quedarme en casa (calentaba el termómetro). ¡Gracias, Pelusa!

#5.
Una vez que no quería ir a la escuela, simplemente me caí frente a mis padres y comencé a lloriquear. Decía que me dolía mucho el tobillo, que no podía mover mi pie. Me acostaron, intentaron doblar mi pierna, levantarla.

Yo gritaba que me dolía. Me llevaron al hospital para una radiografía. ¡La pierna, repito, estaba BIEN! Pero después de que el doctor movió mi pierna y yo grité, me pusieron un vendaje de yeso, dijeron que tenía que hacer reposo y me recetaron vitaminas. Pasé un mes en casa, era una buena enferma, me quejaba de dolor en la pierna.

Cuando llegó el momento, fuimos a quitar el yeso. Pensé que me iban a mandar a la escuela de una, ¡pero no! Tuve que usar un vendaje elástico, no pisar con esta pierna, pasar dos semanas más en la casa y hacer masajes. Resultó que el doctor era un bromista, lo sabía todo desde el principio, pero no me delató.

#6.

Cuando estaba en la escuela, no me gustaban las clases de manualidades de las chicas, porque cocinábamos, cosíamos y hacíamos todo tipo de tareas domésticas.

Después de que un día la maestra me llamó “inepta” porque cosí mal, llegué a casa y me eché a llorar. Quise ir a las clases de chicos, a atornillar y fui la única niña en la historia de la escuela que mandaron a clases de manualidades de los niños.

#7.
En la escuela primaria fui elegida como la Reina de la Fiesta de Otoño. Según el guión, después de todas las presentaciones tenía que hacer una buena reverencia e invitar educadamente a los padres, maestros y compañeros de clase a la mesa.

Obviamente estaba nerviosa, olvidé todo y en el momento crucial dije: “Vamos a devorar”.

#8.
En la escuela secundaria, hice el papel de un ángel en un obra, después de lo cual comencé a interesar mucho al sexo opuesto. Todo fue porque la noche anterior a mi actuación, mi madre olvidó coser un refajo a mi vestido blanco. Y todos los compañeros durante 2 horas pudieron disfrutar de mis bragas rojas.

#9.

Después del primer grado me fui de vacaciones al campo de mi abuela, me eché a llorar y dije que iba a vivir con ella y que no quería ir a la escuela. Mi sabia abuela dijo: “Bueno, vas a ir con tu abuelo a trabajar en un chiquero, a contar los cerdos”.

A las 6 de la mañana fui a trabajar con mi abuelo. Me hizo acercarme a las cerdas, contar los cerditos. Eran terriblemente grandes y tenía miedo. Además había un olor asqueroso. Después de mi primer día de trabajo (antes del almuerzo) dije que preferiría ir a la escuela.

#10.
En primavera fuimos a un bosque con mi madre y unos amigos de la familia. Tenía 10 años. Mientras los adultos estaban preparando la carne, con las hijas de los demás amigos (de 13 años) entramos al río para traer agua.

¡Y me comenzó a llevar la corriente! Me salvaron rápido, me envolvieron en una manta y me llevaron a nuestro hogar. Cuando en la escuela contábamos cómo habíamos pasado el fin de semana, yo comencé con estas palabras: “Fuimos al bosque. Mientras los adultos tomaban vodka, me empecé a ahogar”.

#11.
Cuando mi hijo estaba en el cuarto grado encontró un libro llamado “Lenguaje corporal”. El libro lo atrapó. Cómo entender cuándo una persona miente, si su sonrisa es sincera, si le interesa la conversacion, los gestos en diferentes países, qué tipo de apretones de manos existen y mucho más. Sobre todo le gustó el capítulo sobre la mirada de un hombre seguro de sí mismo.

Obviamente, de inmediato comenzó a practicar. Al día siguiente me llamaron de la escuela. Mi hijo había arruinado la clase de inglés. El reclamo fue magnífico: “Su hijo miraba a la maestra”.

#12.

Mi hija después de ir al campamento tuvo piojos. Tenía tantos que tuve que afeitarle la cabeza. Obviamente ella lloraba, no quería ir a la escuela, pero después de unos días fue con alegría a las clases.

Resultó que la más floja del curso y líder de su clase, con la que le prohibía relacionarse, se había afeitado para que no molestaran a mi hija. Ahora son mejores amigas, se ríen juntas, dos cabecitas calvas. Parece que es hora de revisar mis prioridades.

#13.
Hace cinco años trabajé como profesor en la escuela. En el acto de graduación, en el último grado tomaba fotos de recuerdo. Una chica me pidió sacarme una foto con ella. En broma la llevé en brazos, como en una boda.

Todos los que vieron esta foto, luego gritaron con una sola voz: “¡Cásate con ella!” Y bueno... Pronto vamos a sacar turno en el registro civil.

#14.
Trabajo como maestro de escuela primaria. Mis graduados están creciendo ante mis propios ojos. Regularmente visito sus páginas en las redes sociales (incluso si no están entre mis amigos). Me pone muy feliz si veo que hay publicaciones “buenas”: sobre la amistad, el amor a los seres queridos, reglas de vida optimistas, citas de libros sobre las cuales vale la pena reflexionar.

Me alegro por sus fotos de competencias o viajes a lugares nuevos, ya que todo esto habla sobre sus puntos de vista, su desarrollo y progreso. En tales casos, realmente quiero poner “Me gusta” para expresar mi consentimiento, placer u orgullo por ellos.

Pero casi nunca lo hago. Me siento incómodo. Incluso en la escuela trato de mantenerme alejado de los chicos para no intimidarlos. No quiero que piensen que los estoy controlando, porque es importante para los adolescentes sentirse libres. Solamente quiero que estén bien. Que sean buenas personas. Agradezco a las redes sociales por la oportunidad de estar con ellos.

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